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La Coctelera

Me encanta dar regalos. Creo que lo heredé de mi mamá quien jamás permite que quien la visita salga con las manos vacías de su casa. Y la mejor parte de dar obsequios está en poder ver la cara de felicidad de quien lo recibe. Hace poco decidí enviarle un regalo a alguien a quien no tengo cerca pero que significa mucho para mí. Me entusiasmé tanto escogiendo, pensando cómo enviarlo, a pesar de que tuve que improvisar un poco en ciertos detalles pues no veía la hora de que llegara a su destino.

Finalmente lo envié. Y me sentí muy emocionada mientras esperaba que me llamara para notificarme que lo había recibido. Pero eso nunca pasó. A pesar de que confirmé que había sido entregado personalmente a esa persona, no recibí ni el más mínimo mensaje de texto con un simple "Gracias". Y me dí cuenta de que el placer de dar el regalo no estaba en escoger algo que le gustara, Ni siquiera en su agradecimiento, sino en que hubiese querido poder ver por una ranura la cara que puso al recibirlo. Genial idea la mía. Ojala y no fuese yo tan creativa que siempre sucumbo fulminada bajo mis propias invenciones.

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